La Espiritualidad del Formador
+ Ricardo Ezzati A.

1. Lo primero es clarificar qué entendemos por “espiritual” y decir que no se trata de un ámbito cerrado de vida cristiana. Una de las trampas se encuentran todavía es el dualismo, que puede estar muy presente en nuestra manera de pensar, y nos lleva a considerar que lo espiritual está separado de la vida real y se opone a ella.

Insisto sobre esto y recuerdo a Pablo, que en la Carta a los Corintios les dice a los cristianos que la expresión más espiritual de su vida es la Eucaristía. Los corintios han hecho de ella un elemento muy carnal. Se sirven de la Eucaristía para buscar los primeros lugares, y así el gesto más grande de espiritualidad, se vuelve “carnal”, finalizado a satisfacer la soberbia y el egoísmo, o el deseo de ocupar un lugar destacado. Al mismo tiempo, Pablo enseña a los cristianos que, sea que coman, sea que beban o hagan cualquier cosa, están llamados a hacerlo de acuerdo con el Señor. Por consiguiente, también un gesto tan material, como comer o beber, puede transformase en un camino de crecimiento espiritual.

La espiritualidad es “vivir según el Espíritu” de Jesucristo y, por consiguiente, impregnando toda la vida con el Señor. El Evangelio y la “experiencia” de Jesucristo, tiene que penetrar la racionalidad, la afectividad y las pulsiones, de tal manera que la conducta nueva brote del Señor y no de la carne. Eso es vivir “según el espíritu” y no “según la carne”. La oposición que Pablo establece entre la vida “según el espíritu” y la vida “según la carne”, es la clave para comprender qué significa vivir espiritualmente.

Me gusta mucho la imagen de “absorber” o “empapar”. El Evangelio del Señor debe empapar la racionalidad, el conocimiento y la manera de pensar; debe empapar la afectividad, la voluntad; lo que aspiro, lo que amo, lo que deseo. La persona no espiritual, es aquella que permite que las pulsiones de la propia naturaleza invadan los afectos y la razón y el actuar.

La vida espiritual es vivir lo cotidiano, lo que somos, las vicisitudes de la vida personal y social, del compromiso con el mundo, penetrados y empapados por el espíritu de Jesús. Hay que alimentar pedagógicamente también este aspecto y es el mismo Señor el que nos muestra el camino para alimentar esta vida compenetrada con el espíritu. La espiritualidad es una persona que vive de acuerdo al proyecto del Padre y que lo manifiesta en su vida.

Tenemos que ayudar a los agentes pastorales, y a los cristianos en general, a pensar y sentir el Evangelio del Señor, como la experiencia de la vida llamada a compenetrar todo lo que pensamos, creemos, sentimos y actuamos.

2. Un segundo elemento a considerar es que la persona espiritual se va haciendo en el tiempo. He llegado a la convicción que la afirmación de Tertuliano, en el siglo II es verdadera también para nuestro tiempo “cristianos nos vamos haciendo”, “no nacemos cristianos”. Por consiguiente la tarea de la vida espiritual, - ser imagen y semejanza de Jesucristo-, es una tarea permanente.

La vida espiritual, no se identifica con algunas experiencias espirituales, aunque sean experiencias que marcan. Por ejemplo, un retiro ignaciano puede ser muy marcante o una experiencia de dolor puede acercar a Jesús, a la comprensión de la vida desde la cruz de Cristo. Eso no basta, la espiritualidad madura en el tiempo hasta convertirse en una dimensión permanente de la vida cristiana. Se va desarrollando, no aditivamente, sino que en forma de espiral: vamos creciendo y volviendo constantemente a la misma experiencia. La pedagogía de la Iglesia es muy significativa: todos los años volvemos al misterio pascual; la Iglesia nos lleva a realizar el mismo recorrido. Pasar por el misterio pascual una y mil veces, porque nuestra condición humana, nuestra limitación no alcanza a absorber, de una sola vez toda su riqueza: lo revivimos constantemente, ya sea en la misa dominical, en los demás sacramentos y en el seguimiento de Cristo en las contingencias cotidianas.

Entonces es importante también destacar que la vida espiritual es una experiencia dinámica y procesual, que nos permite experimentar que vivimos procesos de acercamiento a Jesús y por consiguiente hacia metas mas profundas, en camino a la santidad que es acoger el ministerio de Jesús, haciéndolo proyecto de la propia identidad.

3. En tercer lugar que me parece importante señalar también dónde se realiza este proceso. ¿Cuál es el lugar privilegiado para crecer espiritualmente? Tertuliano, ya citado, dice que es en “el útero de la Iglesia”. Nos vamos haciendo cristianos en el útero de la Iglesia es decir, en la comunidad. La espiritualidad, por consiguiente tiene una componente fuertemente comunional, nace y crece en la comunión de la Iglesia. Se vive en la comunidad y en sus diferentes expresiones: la iglesia doméstica, la primera comunidad eclesial, las CEB, en la Parroquia, en la Iglesia particular presidida por el vicario de Cristo, que es el Obispo, en la Iglesia Universal unida alrededor de Pedro. Fuera del seno de la Iglesia no crece vida espiritual. También en este campo ella es “signo e instrumento”.

El cuidado de la espiritualidad de los agentes pastorales, tiene que darse en la comunión de la Iglesia, porque, en caso contrario, se corre el riesgo de caer en “espiritualidades esotéricas” o, en formas que nada tienen que ver con el espíritu de Jesús. La espiritualidad se vive y se alimenta en el seno de la comunidad de la Iglesia, en comunión con la Iglesia.

4. Destaco un cuarto elemento. Se refiere al camino, a los itinerarios por los cuales se necesita transitar para alimentar una auténtica espiritualidad. Recurro nuevamente a Tertuliano. Indica tres caminos privilegiados que el cristiano debe recorrer, constantemente, para madurar en la fe y vivir el espíritu de Jesús. Los tres itinerarios son: la Palabra viva de Dios; la celebración de la Eucaristía y los demás sacramentos; la caridad hacia el prójimo.

La Palabra viva de Dios es, sin duda, la primera fuente de vida espiritual. Nos pone en esa actitud propia del creyente que escucha y permite que esa Palabra llegue a ser carne de su carne. La Virgen María es modelo excelso de ese proceso. Los Padres de la Iglesia dicen que Ella concibió primero en su corazón y después en su carne. La Palabra de Dios fue acogida de tal manera en Ella que se hizo Carne. Por eso, insisten: “la carne de Cristo, es carne de María”.

Itinerario fundamental para vivir espiritualmente de acuerdo al Espíritu, es la meditación y la acogida de la Palabra de Dios. El creyente está llamado a tener la Palabra de Dios entre sus manos, todos los días y confrontar constantemente su caminar con la Palabra de Dios.

El segundo itinerario es la participación a la vida eucarística y los demás sacramentos. El sacramento fuente y cumbre de la vida cristiana es la Eucaristía.

Llama la atención la acentuación puesta en torno a la Eucaristía en los últimos diez años. El gran tema del Sínodo para América fue el encuentro con Jesucristo, camino de conversión de comunión y de solidaridad. El desarrollo pastoral posterior fue especificando que el encuentro con Jesucristo vivo, camino de conversión de comunión y de solidaridad, se da en la Eucaristía. Finalmente, la encíclica sobre la Eucaristía; el año de la Eucaristía; el próximo Sínodo concentran nuestro espíritu en la Eucaristía. Todo ello, nos va diciendo que el camino para el encuentro con Jesucristo de forma privilegiada se vive en la Eucaristía.

El tercer gran itinerario sugerido por Tertuliano para hacerse cristiano es el ejercicio de la caridad. La caridad como fuente de espiritualidad. Recalco la recuperación de este término en el sentido teológico mas profundo. Teológicamente el concepto de “caridad” es mucho más que el concepto de “solidaridad”. Caridad tiene como origen y como meta amar “como yo os he amado”. El Papa Juan Pablo II afirmó que la Eucaristía no termina con el “Ite Misa est”. La Eucaristía, tiene que expresarse en gestos de caridad; nos dice que la espiritualidad auténticamente cristiana no puede quedarse encerrada; remite a la Trinidad que es comunión y al proyecto por el cual el Hijo vino al mundo: la salvación del mundo, dar la vida “para que tengan Vida”.

Si se olvidara esta tercera dimensión, tendríamos una espiritualidad pobre y trunca: le faltaría esa gracia que hace presente a la Iglesia como sacramento en el mundo: signo de Cristo Salvador, de Cristo que se entrega para la vida del mundo.

Considerando esta trilogía, se podría decir que se trata de aspectos poco novedosos, aunque fundamentales, pero, en nuestra praxis pastoral nos encontrarnos con agentes que cultivan otras dimensiones que consideran “espiritualidad”, pero en verdad son más expresiones de “espiritualismo” que espiritualidad. Nuestro tiempo está bombardeado de tantos mensajes, algunos de ellos “espirituales”, por eso es importante volver a los dinamismos más esenciales, profundos y obvios, pero sobre los cuales, es importante insistir, pues constituyen la consistencia fundamental sobre la cual construir la pertenencia a Cristo en su Iglesia.

En resumen la vida espiritual, no es un lujo o un adorno que se sobrepone a la vida cristiana, es la vida de Cristo en nosotros, un proceso cada vez más profundo de encuentro con Cristo, con quien nos vamos identificando, escuchando su Palabra, participando de sus sacramentos y viviendo su caridad y servicio al mundo.